miércoles, 29 de mayo de 2013

Jorge Suárez-Vélez : Demografía es destino

Demografía es destino

Mi papá siempre me decía que el sentido común es el menos común de los sentidos. En este momento, yo iría más lejos, es como si la sensatez hubiera decidido tomarse unas prolongadas e inmerecidas vacaciones. Una y otra vez analizamos problemas concretos para los que aplican soluciones que son evidentes o inevitables, pero parece haber una incapacidad absoluta para confrontarlos y resolverlos.  

Quizá es injusto imputarle toda la culpa a esa aparente ausencia de racionalidad. Por una parte, hay poderosas fuerzas a las cuales les conviene preservar el status quo, a pesar de que éste implique un cierto suicidio a largo plazo; el mantra parece ser, como dijo Keynes, que a largo plazo todos estamos muertos, así que por qué desgastarnos demasiado buscando soluciones de fondo -educación, edad de retiro, beneficios, etc.- cuyo impacto se notará décadas más tarde. Por otro lado, ciertamente, también estamos viviendo tiempos que no tienen precedente histórico y eso genera, en el mejor de los casos, enorme confusión; en el peor, provee invaluables pretextos para justificar inmovilidad o emprender acciones a largo plazo equivocadas.

En mi opinión, hay grandes temas que permanecen parcial o totalmente ausentes en el debate. El primer tema es el demográfico. Dicho simplemente, los sistemas de pensiones y previsión que se establecieron hace décadas en países industrializados, simplemente cometieron un colosal error actuarial. Independientemente de casos ridículos como el retiro en Grecia a los 50 años para ciertos sectores o en Francia a los 60, en el caso estadounidense se estableció la edad fija de retiro en 65 años, sin considerar que la esperanza de vida iría aumentando. En aquel momento, ésta era de 63 años y ahora es de casi 80. Eso provoca dos grandes problemas. Primero, que la gente ahora o depende del estado y/o de su propia capacidad de ahorro durante una cuarta parte de su vida total. En términos de gasto en salud, esos son los años en los que más recursos tendrá que desembolsar para hacer frente a los males naturalmente causados por el envejecimiento y a la mayor necesidad de cuidado. En casos extremos, por ejemplo el de ciertos trabajadores gubernamentales, estarán en retiro durante más años de los que estuvieron laboralmente activos. Segundo, que simplemente tiene menos años para generar ingreso y ahorrar, los últimos años de actividad pueden ser un periodo que permite buen ahorro porque usualmente el gasto en la educación de los hijos ya acabó, y en muchos casos la vivienda ya está también totalmente pagada.

La aritmética simplemente no da y urge un cambio impostergable: la gente tiene que retirarse no un poco más tarde, sino que mucho después. Razonablemente, se debería considerar el retiro a los 70 o incluso a los 75 años, e indizar esa cifra al incremento que se vaya dando en la esperanza de vida, que seguramente seguirá aumentando, al menos en países razonablemente desarrollados. Esto genera dos beneficios importantes. Así la gente depende del sistema o de su ahorro durante menos años y tiene cinco o diez años más para acumular reservas.

En América Latina, los sistemas privados de retiro tuvieron su origen en los ochenta en el sistema chileno de AFP's que ha sido replicado con menores o mayores variantes en muchos países latinoamericanos como México, Colombia y Perú. Argentina era parte de esa lista hasta que su populista gobierno decidió robar esos recursos (perdón por utilizar ese verbo tan duro, pero no hay otro que describa mejor lo ocurrido). Dado que fueron los precursores, los primeros chilenos en aportar al sistema se están retirando ahora y éstos se topan con una dura realidad: no les alcanza para vivir con los recursos ahorrados. Una vez más, este problema proviene de tres errores importantes. De que el número de años durante los que se está ahorrando es demasiado bajo para gente que podría necesitar vivir con esas reservas durante 20, 25, o más años. Además, la proporción del ingreso que se ahorró en forma obligatoria fue, quizá, demasiado baja (aunque el problema sería menor si la gente simplemente trabajara más años). Por último, quizá nunca debió definirse esa aportación como una solución única para la pensión, sino como un ahorro que requería de ser complementado con otras fuentes de ahorro voluntario, o con fondos del gobierno para la parte de la población con menores ingresos.  

En los países industrializados el problema es mucho mayor. En Estados Unidos, los planes de beneficios a los que se han comprometido los gobiernos estatales, por ejemplo, implicarían la quiebra técnica de éstos, pues ni remotamente han reservado suficientes recursos para hacerle frente a esa obligación que crece exponencialmente. ¿Por qué posponer el momento de enfrentar el problema y por qué seguir dejándolo crecer? Toda respuesta desafía al sentido común, nuevamente. En Europa, dado el arraigo cultural en la consciencia popular de que es responsabilidad del estado encargarse de sus ciudadanos desde que nacen hasta que mueren, incluyendo temas de vivienda, educación y salud, la situación es aritméticamente gravísima, particularmente cuando uno incorpora la variable del crecimiento poblacional que es ínfimo en los mejores casos y negativo en los peores.

¿Cuáles serían las soluciones óptimas? Además de incrementar la edad de retiro e indizarla a la esperanza de vida, habría que considerar la necesidad de cambiar todos los sistemas de pensiones de beneficio definido por sistemas de aportación definida. Esto quiere decir que ningún estado, empresa pública o privada tiene que lidiar con la contingencia de pensiones eternas en las que lo que recibirá el retirado será sensiblemente superior a la suma de sus aportaciones individuales acumuladas. Según un cálculo del Urban Institute, en Estados Unidos una pareja casada que se retiró en 2011 a los 65 años y que percibió un ingreso medio, recibirá en promedio tres dólares de beneficios de Medicare por cada dólar que aportó de impuestos a ese sistema, si sólo uno de los conyugues estuvo en la fuerza laboral, la proporción es de seis a uno. En cuanto a pensiones del Seguro Social estadounidense, un retirado promedio recibe hoy 192 mil dólares más de lo que aportó por concepto de retenciones a su salario durante su vida laboral. Aritméticamente, eso garantiza que las generaciones actualmente activas tendrán que aportar más de lo que recibirán cuando se retiren. Los viejos están robándole a los jóvenes. ¿Por qué se permite esto? Dos razones: los viejos votan, los jóvenes no tanto, y hay poca conciencia de que el abuso actual al sistema es insostenible.

Adicionalmente, hay que estar conscientes de que los recursos que los gobiernos dan para programas de apoyo a ancianos, pensiones o de gastos médicos tienen que concentrarse exclusivamente en la parte de la población que realmente los necesita. La reciente propuesta, por ejemplo, que hace el gobierno de México para apoyar a mayores de 65 años (erróneamente reduciendo la edad de 70 años, que era el límite previo), implica que Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, empezará a recibir ayuda del estado. Si las matemáticas no me fallan, creo que a él no le hace falta ese apoyo.

Si la situación es tan apremiante, ¿por qué no se están haciendo ya los cambios al sistema que son necesarios? No se hacen porque el problema no va a reventar mañana y porque es extraordinariamente impopular hacer cambios en el sentido indispensable. Resulta colosalmente irresponsable, sin embargo, no hacerlo. Mientras antes se incremente la edad de retiro y se haga más eficiente el uso de recursos públicos, por ejemplo, menor será el problema fiscal que esta situación acumule. Pero, la actitud de los políticos parece ser en todo el mundo la misma. Obama ha hablado de que no es necesario incrementar la edad de retiro en Estados Unidos; en el extremo, Francois Hollande ha echado para atrás el incremento de la edad de retiro por dos años que al gobierno de Sarkozy, su predecesor, le costó enorme daño político y violentas manifestaciones en las calles parisinas.  

La demora es aún más grave si consideramos que no sería posible, por ejemplo, incrementar la edad de retiro para todos de la noche a la mañana. Se tendrá que hacer concesiones para aquellos que ya se acercan al retiro, y los incrementos más radicales sólo podrían afectar a quienes apenas se van a unir a la fuerza laboral, pues no sería justo cambiar las reglas del juego a la mitad. Evidentemente, habrá enorme resistencia por parte de sindicatos y organizaciones sociales, los partidos políticos de izquierda buscarán hacer leña del árbol caído. Pero, ese no es un motivo razonable para no hacer algo. Es, simplemente, cosa de sentido común.

Jorge Suárez Vélez

Mayo 21, 2013

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente artículo. Como siempre.

Anónimo dijo...

es interessante, pero demora un poco mas, para poder leer hasta el fin .

Anónimo dijo...

Buen artículo, pero no veo oportuna la frase " su populista gobierno decidió robar esos recursos", siendo que como ud. ratifica "no les alcanza para vivir con los recursos ahorrados", conozco más de una mala experiencia en Argentina con AFJP, el estado debe
administrar estos recursos porque independientemente de los movimientos del mercado, las personas "Pueblo(del latín populus)" deben seguir cobrando una jubilación que les permita vivir.

Anónimo dijo...

Cuando se hace un cambio debe ser hacia adelante, no retroactivo. Si en Argentina se alarga la edad, habrá mucha gente que no se jubilará, por no tener los años aportados, debido al desempleo. Mucha gente con 45 o más años está sin trabajo. Y muchos jóvenes no trabajan y no aportan, de modo que no ingresa dinero al sistema. Es por eso que el gobierno se ve en la necesidad de bajar las jubilaciones.
Se hace más complejo con el sistema de subsidios y planes descansar. Pero un tema que no se debate, es el control de natalidad, no se puede seguir generando pobres. América latina pronto se va a parecer a Africa, donde se arrojan al agua para pasar a Europa. Porque son millones de población y no hay desarrollo ni crecimiento. Y de esto no se habla. Victoria.

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